Por algún motivo -en el que de seguro interviene un ataque de nostalgia- hoy me acuerdo del centenario de la matanza de Santa María de Iquique (no de la cifra de los 107 años). En 2007 entré a estudiar Historia, recién salido de un colegio en el cual la noción misma de disputar lo histórico era algo impensable por completo. No asistí a la conmemoración que se hizo en el norte, y me lo lamento un tanto. Sin embargo, el ambiente (por falta de un término más preciso) de ese año tuvo en mí un efecto tan profundo que sólo en la recolección del momento puedo darme cuenta de su intensidad. Puede que haya sido la novedad de encontrar en la Facultad un espacio en el cual la reflexión histórica se constituía como el momento de fráfil complicidad entre lo ocurrido (en este caso, lo literalmente aniquilado y obliterado) y lo que está en tránsito. El escenario político del país -y la euforia de compartir con personas cuyas perspectivas sobre la vida misma me acercaba a ellas con mucho más afecto que mis excompañeros- hacía/hace aparecer bajo otra luz la familiaridad con la historiografía como diálogo entre tiempos, con la chance de que el trabajo con el pasado sea una forma de solidaridad. No es, con mucho, la única forma de conciencia histórica, pero es una afilada, que me punza. Hoy mi propio quehacer se ubica en otro territorio, pero esa afinidad electiva con ciertos fantasmas persiste mañosamente; yo no puedo menos que honrar la persistencia. A ustedes, compañeres de la pampa: ¡salud!
Sunday, 21 December 2014
Sunday, 14 December 2014
niuna resiliencia
No creo que ser malo para lidiar con la frustración, sino con ciertas cosas que fracasan. Ejemplo: la comida del viernes, que fue un fiasco según las expectativas que tenía. Todos estos años y sigo sintiéndome vulnerable cuando la vida social se resquebraja en lo más mínimo.
Friday, 12 December 2014
Desafíos absurdos
Estuve de viaje hace poco, en Sydney. Me llamó mucho la atención la comida, y no sé si será el aburguesamiento o qué, pero hace mucho que no disfrutaba tanto el salir a comer. Poner atención a cada detalle de los platos, intentando pensar cómo es que se arma esa reducción que acompaña un souflée o la ciencia detrás de un postre que un merengue-no-tan-merengue. Así que me compré un libro de cocina vegetariana que pillé medio en oferta (porque todo allá es caro): Plenty more, de Yotam Ottolenghi. Es un chef que sigo hace un tiempo, porque subía/sube recetas vegetarianas a The Guardian. Aun si ya no leo tanto el diario, encontraba fantástico que alguien se preocupara de quienes no comemos carne e hiciera algunas propuestas que permitieran salir de los mismos guisos de siempre. Como soy ridícula, he estado invitando gente a comer a la casa sólo para probar recetas. Me siento terrible, porque no puedo cocinar sin estar mirando el libro una y otra vez. Soy pésimo para las proporciones y las medidas, a pesar de que en ciertos platos eso llega a ser crucial. Mi desafío -en mi mente, claro- es pasar por todas las recetas del libro que se puedan hacer con ingredientes ubicables acá. Llevo una, que salió relativamente bien. Hoy pretendo probar dos más. Que la Guadalupe me ampare.
Thursday, 11 December 2014
(De Marguerite Yourcenar)
Cuando el silencio se instala dentro de una casa, es muy difícil hacerlo salir; cuanto más importante es una cosa, más parece que queremos callarla. Parece como si se tratara de una materia congelada, cada vez más dura y masiva: la vida continúa por debajo, sólo que no se la oye.
Alexis o el tratado del inútil combate
Alexis o el tratado del inútil combate
Monday, 10 November 2014
Espiar
¿Cómo no querer habitar ciertas formas de anonimato? Mirar en la calle, seguir con la vista a alguien de cuya vida todo se desconoce salvo las señas visibles que dan paso a la especulación (el paso más rápido, la mirada distraída, la concentración en un apunte, la conversación despreocupada de un día de trabajo/estudio que ya concluyó). O al revés: el placer de verse asaltado por quien hace una pregunta tras la cortina, arrojando aquello que no se podría -o no se querría- decir de forma directa, sin importar las confianzas.
Sunday, 9 November 2014
Thursday, 30 October 2014
Contar la vida
Contrario a lo que puede pensarse como primera impresión, me gusta mucho escuchar. Usualmente cedo al ímpetu de interrumpir en medio de la frase con acotaciones, glosas o derivas sin relación aparente con el tema, y me gusta cuando otros hacen lo mismo conmigo (me molesta la gente que no me interrumpe o no se deja interrumpir). De ahí mi fascinación con el teléfono: no medir el flujo de la conversación por nada que no sea la voz, recaer en el habla y sus inflexiones para saber hacia dónde moverse.
Estos últimos días (últimas semanas, si soy exacto) he tenido la oportunidad de escuchar-y-contar en circunstancias que no me imaginaba. No comprendo bien de dónde viene la confianza y menos aún siento que sea merecida. Se lo repetí de mil formas imaginables a un amigo: vivo en la permenente deuda y en la inseguridad de no haber hecho lo suficiente por las personas que me importan. Me funciona como regla de vida, pero no puedo imponerle esa ética al resto.
Llegado el momento no puedo hacer más que callar y ejercitar la paciencia de la escucha. En momentos así -de confesión o de desahogo- ambas personas se exponen, aun si estamos acostumbrados a pensar sólo quien habla realiza una apertura. Por el contrario, todas estas veces que me he sentado a conversar me siento expuesto, como si quien tengo al frente estuviera examinándome mediante ese gesto de intimidad compartida. "Esto tengo que contarte, te hago responsable por ello". No sé si quienes hablan conmigo están al tanto del valor que le asigno a sus historias-vidas. Cada vez que ocurre con alguien ese momento testimonial veo transmutarse las cosas, unificándolas. Ya no puedo separar a la persona de lo que me ha contado de sí misma, de esa experiencia que se ha entramado en mi propio cúmulo (porque es así como las nubes: una condensación de todo tipo de materias) de experiencias.
¿Cómo he de responder (¿corresponder?) a esta acción? Repito siempre lo mismo, ahora que me doy cuenta. Me anudo en el resto, como siento que ellos se han anudado en mí. Ahí reside una amistad, en el vínculo como metáfora y como realidad. Amarrarse a tal punto que algunos movimientos ineludiblemente tocan al otro, obligan a pensar en cómo atravesar un sitio conjuntamente. De ahí que los quiebres impliquen empezar a moverse -de súbito, a veces- en un espacio ajeno, que se siente vacío por fuerza de carecer de otros nudos. ¿Qué ocurrirá ahora que ya ciertas distancias se han estrechado, puede que irreversiblemente, con tal de no provocar ahogos y sofoques?
Estos últimos días (últimas semanas, si soy exacto) he tenido la oportunidad de escuchar-y-contar en circunstancias que no me imaginaba. No comprendo bien de dónde viene la confianza y menos aún siento que sea merecida. Se lo repetí de mil formas imaginables a un amigo: vivo en la permenente deuda y en la inseguridad de no haber hecho lo suficiente por las personas que me importan. Me funciona como regla de vida, pero no puedo imponerle esa ética al resto.
Llegado el momento no puedo hacer más que callar y ejercitar la paciencia de la escucha. En momentos así -de confesión o de desahogo- ambas personas se exponen, aun si estamos acostumbrados a pensar sólo quien habla realiza una apertura. Por el contrario, todas estas veces que me he sentado a conversar me siento expuesto, como si quien tengo al frente estuviera examinándome mediante ese gesto de intimidad compartida. "Esto tengo que contarte, te hago responsable por ello". No sé si quienes hablan conmigo están al tanto del valor que le asigno a sus historias-vidas. Cada vez que ocurre con alguien ese momento testimonial veo transmutarse las cosas, unificándolas. Ya no puedo separar a la persona de lo que me ha contado de sí misma, de esa experiencia que se ha entramado en mi propio cúmulo (porque es así como las nubes: una condensación de todo tipo de materias) de experiencias.
¿Cómo he de responder (¿corresponder?) a esta acción? Repito siempre lo mismo, ahora que me doy cuenta. Me anudo en el resto, como siento que ellos se han anudado en mí. Ahí reside una amistad, en el vínculo como metáfora y como realidad. Amarrarse a tal punto que algunos movimientos ineludiblemente tocan al otro, obligan a pensar en cómo atravesar un sitio conjuntamente. De ahí que los quiebres impliquen empezar a moverse -de súbito, a veces- en un espacio ajeno, que se siente vacío por fuerza de carecer de otros nudos. ¿Qué ocurrirá ahora que ya ciertas distancias se han estrechado, puede que irreversiblemente, con tal de no provocar ahogos y sofoques?
Sunday, 19 October 2014
Me ahogaré en este mar de libros. Compra compulsiva, difícil decir otra cosa. O tal vez no: lo similar llama a lo similar. No se trata del coleccionismo como principio general (hay harto de eso también, la bibliofilia de las primera ediciones, por ejemplo, que me hizo lanzarme en picada sobre un libro tardío de Gombrowicz), sino del colmar muebles sin planificación alguna.
Thursday, 2 October 2014
Tuesday, 23 September 2014
Una dislocación
Acabo de recibir algo que me obligó a volver sobre esta cita de Ronell. Y yo sé que despotrico siempre contra los francesismos, pero me siento partido e inmovilizado por esa idea que se dibuja en la reflexión al pasar: "The responsible being is one who thinks they've never been responsible enough, they've never taken care enough of the Other" [El ser responsable es uno que piensa que nunca ha sido lo suficientemente responsable, que nunca ha cuidado lo suficiente del Otro].
Friday, 19 September 2014
(De los diarios de Susan Sontag)
When you stop reading and put down the book, you mark the page so you can continue at exactly the same point when you pick the book up again another time. Similarly, when you are making love and stop for a moment (to pee, to take off your clothes) you must notice exactly where you were so that you can resume at that exact point a moment later. And then you must watch very carefully to see if it works, because sometimes—after even the slightest break— it is necessary to begin all over again at the beggining.
Short cut: don't call sex sex. Call it an investigation (not an experience, not a demonstration of love) into the body of the other person. Each time one learns one new thing.
[Cuando paras de leer y dejas el libro, marcas la páginas para poder continuar exactamente en el mismo punto cuando retomas el libro en otro momento. De forma similar, cuando estás haciendo el amor y paras por un momento (para mear, para sacarte la ropa) debes notar exactamente dónde estabas para poder retomar en ese punto exacto un momento después. Y entonces debes mirar muy cuidadosamente para ver si funciona, porque a veces –incluso después de la pausa más leve– es necesario empezar todo de nuevo desde el principio.
Atajo: no llamar sexo al sexo. Llamarlo una investigación (no una experiencia, no una demostración de amor) en el cuerpo de otra persona. Cada vez se aprende una cosa nueva].
Short cut: don't call sex sex. Call it an investigation (not an experience, not a demonstration of love) into the body of the other person. Each time one learns one new thing.
[Cuando paras de leer y dejas el libro, marcas la páginas para poder continuar exactamente en el mismo punto cuando retomas el libro en otro momento. De forma similar, cuando estás haciendo el amor y paras por un momento (para mear, para sacarte la ropa) debes notar exactamente dónde estabas para poder retomar en ese punto exacto un momento después. Y entonces debes mirar muy cuidadosamente para ver si funciona, porque a veces –incluso después de la pausa más leve– es necesario empezar todo de nuevo desde el principio.
Atajo: no llamar sexo al sexo. Llamarlo una investigación (no una experiencia, no una demostración de amor) en el cuerpo de otra persona. Cada vez se aprende una cosa nueva].
Wednesday, 10 September 2014
Compulsión de repetición
¿Por qué mantener ciertos gestos en el tiempo? Sea la escritura manual, en las varias libretas que ya se desperdigan por esta pieza, o en este otro cuaderno, hay una persistencia que se resiste a ser pensada como mero hábito. Lo que en un principio pareció ser una apuesta por entablar comunicación -con quien fuese-, ahora se transformó en otro monólogo; una extensión de las libretas y cuadernos que reconoce otra linealidad. Una potencialmente infinita, que no debe lidiar con los los saltos de página, la confusión en las entradas o los cambios de soporte. Cada transformación de este espacio opera la simultaneidad en el cambio de registro. Y aun en la escritura me veo forzado a comprender las cosas de otra manera, porque la atención al 'contenido' es lo único que -en principio- marca las diferencias entre un momento y otro de mi vida (en oposición a los trazos y tintas que, indefectiblemente, acusan recibo de lo que pasa a la vez dentro y fuera de los cuadernos).
Tuesday, 26 August 2014
"Me niego rotundamente a seguir con los círculos. Los círculos y yo
tenemos una relación puramente estática. Ellos se parecen a mi no en la
forma, sino en el vacío. Ellos mentan mi nombre para reirse en sus
reuniones, y beben hasta que la lengua se les pone lacia y miran mi
rostro esperando la mueca de antaño".
RO
Unirse en la forma o por medio de ella. Pensar en las formas en lo que tienen de vinculación, en vez de circunscribirlas a un gesto de contención. De ahí que los nexos sean también un medio de anexarse (sinonimia que no se puede escapar: medio, modo, forma) o incorporarse en aquello que puede haber de común. Nos cabe la responsabilidad, hoy, de inventar aquellas formas que juntan como modo de resistir lo centrífugo que se sobreimpone a nuestra propia cotidianeidad.
¿Un círculo es una forma de reposo? ¿Será ahí en donde reside su diferencia con la espiral, en su movimiento?
RO
Unirse en la forma o por medio de ella. Pensar en las formas en lo que tienen de vinculación, en vez de circunscribirlas a un gesto de contención. De ahí que los nexos sean también un medio de anexarse (sinonimia que no se puede escapar: medio, modo, forma) o incorporarse en aquello que puede haber de común. Nos cabe la responsabilidad, hoy, de inventar aquellas formas que juntan como modo de resistir lo centrífugo que se sobreimpone a nuestra propia cotidianeidad.
¿Un círculo es una forma de reposo? ¿Será ahí en donde reside su diferencia con la espiral, en su movimiento?
Monday, 11 August 2014
Infancias (transicionales)
I
Extraña relación con el "Día del niño". En muchos momentos siento que no la nostalgia que ataca a todo el mundo pasa de largo conmigo. Crecer no ha sido, a fin de cuentas, tan terrible. O, más bien, en el contraluz de las cosas que fueron quedando atrás la situación actual (ese momento de tránsito, el lugar intermedio entre la juventud que se repite y la adultez que se elude a toda costa, con los mayores esfuerzos posibles y no poca dosis de pánico) adquiere otro contorno.
Se mezclan las imágenes, por eso la infancia-memoria funciona por yuxtaposición. ¿Qué importancia puede tener la coherencia narrativa a los ocho años, cuando se es aún muy pequeño como para asistir a funerales pero ya lo suficientemente grande como para estar informado de la muerte familiar? De alguna forma, la secuencia es menos importante que la simultaneidad, el montaje tiene un valor completamente derivado porque no se juega nada en la coherencia de un relato sobre la niñez.
Recolecto algunos trozos, no por afán de fragmentación, sino casi todo lo contrario. Quiero dar un tipo de testimonio, y sólo logro armarme escenas en virtud de lugares (las plazas cerca de la casa, el recorrido de la 333 hacia Maipú en los veranos, los intentos repetitivos por ver el mar camino a playa) y olores (pastelera, cemento mojado, cáscaras cítricas sobre la estufa a parafina), a veces objetos (juguetes compartidos en un cesto de mimbre, los primeros libros, el primer -y casi único- cambio de cama).
II
Difícil hablar de nostalgia cuando pienso en la niñez. Por cada instante que asocio con el refugio cálido de la nostalgia se me aparece aquello que permite recordar de esta forma. Soy de ese lote que creció en la transición, muy chicos para hablar de primera mano de la dictadura y demasiado grandes como para no tenerla rondando de alguna forma (por eso es que el testimonio se me dificulta; llegamos muy tarde y muy temprano a la vez, y eso es lo que se le prohíbe a cualquier testigo: no haber estado ahí).
En mi caso, las fechas parecen alinearse de manera ominosa. Me cuesta pensar "como niño" más allá de ese inicio del fin de la transición (uno de los muchos) que fue la detención de Pinochet, el 98. Y, a la vez, otro hito más, las movilizaciones de 2011, vienen a disputar nuevamente el derecho a pronunciar por muerta la política de los noventa. Por lo mismo es difícil, una vez más, la nostalgia. ¿Cómo se puede querer volver al hogar de una época que representa todo lo que aparece hoy como repudiable? Y, al mismo tiempo, ¿cómo habría transcurrido esa infancia sin la tele infantil elusiva (Cachureos, monos japoneses de todo tipo, amagues de programación educativa), sin la ignorancia de las coyunturas políticas, sin el espejismo de la economía rozagante del chorreo (la riqueza tan cerca para quienes todavía no sabían cómo olvidar que eran pobres)?
Nos encontramos transicionando justamente por no tener casa a la que volver. Ya es muy tarde como para desear esa restitución: Sailor Moon sacó un nuevo ciclo y es eso, al parecer, lo que renueva los entusiasmos por ver el anterior. Pero ahora todo está más condensado, los tiempos ya no son los mismos como para ver una pelea expandida a lo largo de dos semanas; la urgencia pone un acento incómodo en el pasado. Yo no quiero volver a ser el mismo de antes antes ni mucho menos el de hasta hace poco.
Extraña relación con el "Día del niño". En muchos momentos siento que no la nostalgia que ataca a todo el mundo pasa de largo conmigo. Crecer no ha sido, a fin de cuentas, tan terrible. O, más bien, en el contraluz de las cosas que fueron quedando atrás la situación actual (ese momento de tránsito, el lugar intermedio entre la juventud que se repite y la adultez que se elude a toda costa, con los mayores esfuerzos posibles y no poca dosis de pánico) adquiere otro contorno.
Se mezclan las imágenes, por eso la infancia-memoria funciona por yuxtaposición. ¿Qué importancia puede tener la coherencia narrativa a los ocho años, cuando se es aún muy pequeño como para asistir a funerales pero ya lo suficientemente grande como para estar informado de la muerte familiar? De alguna forma, la secuencia es menos importante que la simultaneidad, el montaje tiene un valor completamente derivado porque no se juega nada en la coherencia de un relato sobre la niñez.
Recolecto algunos trozos, no por afán de fragmentación, sino casi todo lo contrario. Quiero dar un tipo de testimonio, y sólo logro armarme escenas en virtud de lugares (las plazas cerca de la casa, el recorrido de la 333 hacia Maipú en los veranos, los intentos repetitivos por ver el mar camino a playa) y olores (pastelera, cemento mojado, cáscaras cítricas sobre la estufa a parafina), a veces objetos (juguetes compartidos en un cesto de mimbre, los primeros libros, el primer -y casi único- cambio de cama).
II
Difícil hablar de nostalgia cuando pienso en la niñez. Por cada instante que asocio con el refugio cálido de la nostalgia se me aparece aquello que permite recordar de esta forma. Soy de ese lote que creció en la transición, muy chicos para hablar de primera mano de la dictadura y demasiado grandes como para no tenerla rondando de alguna forma (por eso es que el testimonio se me dificulta; llegamos muy tarde y muy temprano a la vez, y eso es lo que se le prohíbe a cualquier testigo: no haber estado ahí).
En mi caso, las fechas parecen alinearse de manera ominosa. Me cuesta pensar "como niño" más allá de ese inicio del fin de la transición (uno de los muchos) que fue la detención de Pinochet, el 98. Y, a la vez, otro hito más, las movilizaciones de 2011, vienen a disputar nuevamente el derecho a pronunciar por muerta la política de los noventa. Por lo mismo es difícil, una vez más, la nostalgia. ¿Cómo se puede querer volver al hogar de una época que representa todo lo que aparece hoy como repudiable? Y, al mismo tiempo, ¿cómo habría transcurrido esa infancia sin la tele infantil elusiva (Cachureos, monos japoneses de todo tipo, amagues de programación educativa), sin la ignorancia de las coyunturas políticas, sin el espejismo de la economía rozagante del chorreo (la riqueza tan cerca para quienes todavía no sabían cómo olvidar que eran pobres)?
Nos encontramos transicionando justamente por no tener casa a la que volver. Ya es muy tarde como para desear esa restitución: Sailor Moon sacó un nuevo ciclo y es eso, al parecer, lo que renueva los entusiasmos por ver el anterior. Pero ahora todo está más condensado, los tiempos ya no son los mismos como para ver una pelea expandida a lo largo de dos semanas; la urgencia pone un acento incómodo en el pasado. Yo no quiero volver a ser el mismo de antes antes ni mucho menos el de hasta hace poco.
La tarea del traductor
El placer de traducir el mismo fragmento una y otra vez, al punto en que se logra memorizar el fraseo, pero luego la memoria misma recuerda los intentos previos por buscar traslaciones, y cada iteración viene a variar un detalle: comas en otra secuencia, las sintaxis más o menos enrevesadas, un adjetivo menos castizo para acusar la situación desplazada del texto.
Tuesday, 5 August 2014
Monday, 28 July 2014
Novedades bibliográficas
Pillé una edición barata (por decirlo de una forma) de las obras completas de Karl Blossfeldt y siento que quiero puro escanearlo y subir todo. Benjamin, apiádate de mi reproductibilidad técnica.
Friday, 18 July 2014
Cocinar para les amigues
No sé si cocinar me gusta sólo porque es un preludio a la comida (de la misma manera que, a veces, leer es el preludio de la escritura, o viceversa). En ocasiones un sandwich -esa comida que "debiera" sacarla a una de apuro- demanda una atención inesperada sólo por poner un ingrediente más, casi como un acto de vanidad. Pienso que así debe sentirse (pienso, porque se trata de algo completamente por fuera de esa automatización de lo cotidiano) el estar un poco atrasado y parar de todos modos una vez adicional para mirarse al espejo y maquillarse, o hacerlo en el metro camino a estudiar antes del cierre de semestre: atender a los detalles que contradicen el dictado de la necesidad/utilidad.
Pero quizás el pintarse no sea la mejor analogía, porque el goce más grande me viene de cocinar para el resto, sin importar de cuántas personas se trate. Hay algo en el disfrute simultáneo que separa, para mí, a la cocina de esas otras actividades para desatar los sentidos. Puede que también se trate de lo que, a lo largo del tiempo, he podido intuir como un componente feminista (hasta me da pudor decirlo así) en el preparar comida para otres.
Si el aprender a cocinar estuvo marcado por la urgencia, la cantidad por sobre la calidad y, además, las condiciones del apuro que sólo ponían presión para que el agua hirviera más rápido (en definitiva, todos los aspectos opresivos y, por qué no decirlos, autoritarios), ahora la cocina es como un paréntesis a la vez que una caja de sorpresas para regalar de manera indiscriminada. Ahí puede haber abundancia y generosidad no sólo por lo que llega al plato, sino por el sencillo hecho de asumir una el trabajo doméstico como algo placentero y no como una mera imposición. La semana pasada Julieta Paredes y Adriana Guzmán hablaban de la maternidad como experiencia comunitaria y no como esclavitud individual, y el desplazamiento hacia la comida se torna inevitable, justamente porque se trata del momento en que se puede lograr la realización individual en el encuentre con les otres.
Tanto quienes están más cerca como la gente conocida al pasar puede haberse dado cuenta que pocas cosas me satisfacen más que cocinar para el resto, aun si es que todavía no me libro de esa inseguridad absurda de darle en el gusto a todes, de temer que alguna cosa no quedó a punto o que podría haber intentado algo más showcero. Carezco de casi todas las habilidades manuales o de lo que usualmente se denomina como "creatividad" (no pinto, no dibujo, no soy capaz de armar cosas ni de trabajar con herramientas caseras), pero en una cocina me siento cómoda y contenta (por lo mismo me frustra cocinar improvisadamente, sin saber con qué cuento o sin esos implementos pequebus que hay en mi casa). Hacerle comida a mis amigues es, quizás, la forma en que puedo asumir de forma concreta la transformación de relaciones sociales que un feminismo de clase pretende: echar por tierra la superioridad del trabajo intelectual por sobre el material, darle un lugar a los afectos como parte del trabajo, visibilizar la importancia del trabajo doméstico para la sobrevivencia, crear lugares en los cuales todes podamos sentirnos valorades.
Y, también, está la cuestión "estética". Hace unas semanas -en una conversación con la dosis usual de humor y ridiculez- comenté con las Champurrias que, para mí, la cocina era la experiencia artística completa porque integraba todos los sentidos posibles, desde la preparación hasta que se come uno las migas del pan. Por eso me enoja tanto que haya quienes se preocupan del peso, la comida y la figura corporal como si fueran valores en sí mismos. ¿Qué sentido tiene un mundo en que no se puede chanchear con les amigues si uno anda triste? ¿Realmente vale la pena ir al gimnasio todos los días y matarse de hambre sólo para confirmar las expectativas de belleza de una sociedad tan enferma que dice que hay cuerpos que sencillamente no son válidos por no "mantenerse en forma"?
La rebeldía culinaria no es substituto de nada, de la misma manera que el placer de un postre no es capaz de darlo el más sesudo análisis de coyuntura. Lo cierto, sin embargo, es que se han hecho revoluciones sin manuales de táctica y estrategia, pero no se cambia la historia con el estómago vacío.
Pero quizás el pintarse no sea la mejor analogía, porque el goce más grande me viene de cocinar para el resto, sin importar de cuántas personas se trate. Hay algo en el disfrute simultáneo que separa, para mí, a la cocina de esas otras actividades para desatar los sentidos. Puede que también se trate de lo que, a lo largo del tiempo, he podido intuir como un componente feminista (hasta me da pudor decirlo así) en el preparar comida para otres.
Si el aprender a cocinar estuvo marcado por la urgencia, la cantidad por sobre la calidad y, además, las condiciones del apuro que sólo ponían presión para que el agua hirviera más rápido (en definitiva, todos los aspectos opresivos y, por qué no decirlos, autoritarios), ahora la cocina es como un paréntesis a la vez que una caja de sorpresas para regalar de manera indiscriminada. Ahí puede haber abundancia y generosidad no sólo por lo que llega al plato, sino por el sencillo hecho de asumir una el trabajo doméstico como algo placentero y no como una mera imposición. La semana pasada Julieta Paredes y Adriana Guzmán hablaban de la maternidad como experiencia comunitaria y no como esclavitud individual, y el desplazamiento hacia la comida se torna inevitable, justamente porque se trata del momento en que se puede lograr la realización individual en el encuentre con les otres.
Tanto quienes están más cerca como la gente conocida al pasar puede haberse dado cuenta que pocas cosas me satisfacen más que cocinar para el resto, aun si es que todavía no me libro de esa inseguridad absurda de darle en el gusto a todes, de temer que alguna cosa no quedó a punto o que podría haber intentado algo más showcero. Carezco de casi todas las habilidades manuales o de lo que usualmente se denomina como "creatividad" (no pinto, no dibujo, no soy capaz de armar cosas ni de trabajar con herramientas caseras), pero en una cocina me siento cómoda y contenta (por lo mismo me frustra cocinar improvisadamente, sin saber con qué cuento o sin esos implementos pequebus que hay en mi casa). Hacerle comida a mis amigues es, quizás, la forma en que puedo asumir de forma concreta la transformación de relaciones sociales que un feminismo de clase pretende: echar por tierra la superioridad del trabajo intelectual por sobre el material, darle un lugar a los afectos como parte del trabajo, visibilizar la importancia del trabajo doméstico para la sobrevivencia, crear lugares en los cuales todes podamos sentirnos valorades.
Y, también, está la cuestión "estética". Hace unas semanas -en una conversación con la dosis usual de humor y ridiculez- comenté con las Champurrias que, para mí, la cocina era la experiencia artística completa porque integraba todos los sentidos posibles, desde la preparación hasta que se come uno las migas del pan. Por eso me enoja tanto que haya quienes se preocupan del peso, la comida y la figura corporal como si fueran valores en sí mismos. ¿Qué sentido tiene un mundo en que no se puede chanchear con les amigues si uno anda triste? ¿Realmente vale la pena ir al gimnasio todos los días y matarse de hambre sólo para confirmar las expectativas de belleza de una sociedad tan enferma que dice que hay cuerpos que sencillamente no son válidos por no "mantenerse en forma"?
La rebeldía culinaria no es substituto de nada, de la misma manera que el placer de un postre no es capaz de darlo el más sesudo análisis de coyuntura. Lo cierto, sin embargo, es que se han hecho revoluciones sin manuales de táctica y estrategia, pero no se cambia la historia con el estómago vacío.
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